Publicación cultural de Daniel G. Rojo

  Apuntes del natural (III), en colaboración con Raúl Allén

La suya es una de esas voces que basta escuchar una vez para recordar toda la vida. Modulada, de dicción perfecta, suave pero firme, controlada pero poderosa… una voz que retrata fielmente la personalidad de su dueño, un caballero británico en el más literal de los sentidos, un consumado actor de cine y teatro que alcanzó la fama mundial a los 60 años, cuando ya había demostrado todo lo que tenía que demostrar, a una edad lo suficientemente madura como para que las estúpidas veleidades de la alfombra roja se le subieran a la cabeza por muy largas que fueran las sombras de sus personajes, que lo son… ¡y cuánto!

En esa voz y en ese rostro, surcado de arrugas que no le restan un ápice de atractivo, se entrelazan el acero de su Ricardo III (Richard Loncraine, 1995) -perfecta destilación de décadas trabajando a Shakespeare- y su Magneto -el más carismático villano de los cómics Marvel, el amo del magnetismo, el azote de los X-Men en cuatro películas-, la magia de su Gandalf -una de las más grandes creaciones nacidas de la pluma de Tolkien, el alma de la Comunidad del anillo, un dios entre mortales- y el cristal de esos personajes tan duros como frágiles que interpreta de vez en cuando, caso de ‘Verano de corrupción’ (Bryan Singer, 1998) o ‘El código Da Vinci’ (Ron Howard, 2006).

Acero, magia y cristal se funden también en la mirada azul, profunda y misteriosa, y en la sonrisa, a veces pícara y otras triste, de un actor que pertenece a esa casi extinta generación de mujeres y hombres que creció en la Inglaterra asolada por las bombas de la Segunda Guerra Mundial, la Inglaterra de las privaciones, los cascotes, las penurias, los harapos… pero también la Inglaterra del orgullo, la que no se rindió, la que se mantuvo firme como aquella roca de la que Arturo arrancó la espada.

A sus 74 años, Sir Ian McKellen ha cumplido aquello con lo que todos los actores sueñan: ser inmortal en vida, alcanzar el Olimpo con las alas de unos personajes que le sobrevivirán, que jamás se olvidarán porque están grabados a fuego en el inconsciente colectivo, en la imaginería popular… Como sir Laurence Olivier, sir Derek Jacobi o sir Kenneth Branagh, McKellen ha forjado el acero de sus capacidades interpretativas en el crisol de Shakespeare, en las más prestigiosas compañías británicas, en escenarios, platós y sets de rodaje consagrados a la mayor gloria del autor de ‘Hamlet’ o ‘Macbeth’…

Pero también ha ido más allá, se ha ganado el favor del público más amplio, que puede no recordar su nombre pero que identifica perfectamente su rostro con el de Gandalf -en nada menos que seis filmes, los de las sagas de ‘El señor de los anillos’ y ‘El hobbit’- y Magneto, a quien encarnará por cuarta vez a partir del 23 de mayo en ‘X-Men: días del futuro pasado’ (Bryan Singer, 2014).

Desde esa altura, desde la fama, Ian McKellen ha compaginado su carrera con sus compromisos sociales, especialmente con la comunidad gay y sus problemas para ser aceptada en un mundo que todavía hoy sigue lastrado por los prejuicios, el miedo y la hipocresía. Desde que en 1988 reconociera abiertamente su homosexualidad en un programa de radio de la BBC, el antiguo alumno de la Universidad de Cambridge no ha dejado de luchar por los derechos de este colectivo con apariciones públicas o muestras de adhesión y apoyo a entidades y celebraciones, como el lobby Stonewall, The Lesbian & Gay Foundation o el Europride.

Ian McKellen se atrevió a dar el paso sin saber si eso le costaría su carrera, en un momento en el que fuera de Gran Bretaña era prácticamente un desconocido. No le importó. No se calló. Fue entonces cuando demostró que tenía lo que había que tener para ser Gandalf y Magneto, para volar sin miedo hasta la tierra de los sueños que un día, con acero, magia y cristal, se convierten en realidad.

La serie Apuntes del natural dibuja en cada entrega el perfil de un personaje vinculado a la cultura en cualquiera de sus facetas. No pretende ser un resumen biográfico sino un retrato subjetivo y personal, hecho a trazos rápidos y sueltos, como un apunte en un cuaderno de dibujo. Por esa razón, cada uno de los textos va de la mano de una ilustración de Raúl Allén hecha en su iPad. Raúl lleva más de una década ganándose la vida como ilustrador y su trabajo se ha publicado, entre otros lugares, en las revistas Rolling Stone y Playboy, en los periódicos The Wall Street Journal y The Washington Post y en los libros y cómics de las editoriales Random House, Folio Society, Scholastic, SM, Anaya, Juventud, Marvel y Valiant. Además, es el autor de la cabecera de La balsa de la Medusa.

 

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